El arte de amargarse la vida

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Quizás te pares a pensar y digas “no, yo no hago eso”. Pues la respuesta es sí. Todos los hacemos, absolutamente todos nos amargamos la vida a nosotros mismos. Y es en las situaciones más cotidianas en las que consciente o inconscientemente estás perdiendo minutos de felicidad.

El ejemplo más reciente ha sido esta misma mañana. El autobús se ha retrasado muuuucho más de lo normal, teniendo en cuenta que en esta línea nunca llegan puntuales a la parada. (Por cierto, ¿alguien se fía de los paneles que indican los minutos que quedan para que llegue el autobús? ¡Nunca aciertan!). En la marquesina de Plaza Castilla no cabía nadie más, y ya empezaban a escucharse las primeras quejas, no sé si con o sin razón, sobre el tiempo que estaban tardando hoy los autobuses.

Lo que más me ha sorprendido, y no es la primera vez, han sido los reproches hacia la, en este caso, conductora, de todas las personas que subían al autobús. Creo que yo he sido la única que en vez de decir “¡Cuánto has tardado!”, “¡Llego tarde al trabajo!”, etc etc… ha dicho “¡Buenos días!”. ¿Sorprendente verdad? Cuando estamos enfadados o molestos con alguien (aunque ese alguien no tenga la culpa) la educación brilla por su ausencia.

Hasta aquí, podría considerarse como algo “normal”, aunque a mí no me lo parece, pero quizás alguno pensará que esto no tiene nada que ver con lo que comentaba al inicio del post sobre amargarse la vida; pero es que esta parte es el principio de un bucle del que a veces es muy difícil salir.

Una de las personas que ha cogido conmigo el autobús esta mañana ha sido la que me ha inspirado este post. Porque no le ha valido con reprocharle a la conductora que ha llegado tarde, sino que después se ha tirado todo el recorrido maldiciendo cómo hacen y dejan de hacer su trabajo los conductores, diciendo frases como: “no saben hacer su trabajo”, “no sé por qué se bajan del autobús a tomarse un café cuando llegan al final de línea”, etc, etc. ¡Cómo si los demás no nos tomásemos ningún descanso para estirar las piernas en la oficina, después de estar tres horas delante del ordenador! ¡Todo el mundo necesita un respiro! “¿Acaso tú no lo haces en tu trabajo?“, pensaba yo mientras la escuchaba refunfuñar.

Tras unos minutos escuchando sus quejas, que estaban empezando a amargar mi día, he decidido intervenir en su monólogo para decirle: “Perdone que me meta pero, ya está subida en el autobús y va camino de su trabajo, no tiene solución que vaya o no a llegar antes, así que deje de darle vueltas a que haya llegado tarde el conductor, y no permita que este hecho amargue el resto de su día“. Y acto seguido, me he bajado del bus en mi parada, ante la atónita mirada de los demás pasajeros. Lo siento, me ha salido del alma. Ya no por ella, sino por mí.

Comenzar el día estresada o estresado porque el autobús no llega, y seguir después erre que erre sobre el mismo tema, comentándolo con cualquiera que se ponga en tu camino, intentando cambiar el mundo alegando cosas como “es que todos los días pasa lo mismo”, “es que he estado media hora esperando”. Es que, es que, es que… Todo excusas, ¿te das cuenta? Tu día no ha empezado con buen pie, y seguramente todo el mal humor que te ha generado que el autobús no llegara esta mañana a tiempo, irá arrastrándose a lo largo de la mañana y de la tarde, y por ese pequeño incidente, no disfrutarás en absoluto de nada de lo que te pase en todo el día. Cuando tengas un mal día, párate y piensa en cuál ha sido el detonante de todas tus “desgracias”. Seguramente haya sido una tontería… y es que somos así, le damos mucha más importancia de lo que tiene a cosas tan insignificantes como tener que esperar al autobús diez minutos más de lo normal. Permíteme que te diga que la “culpa” es única y exclusivamente tuya, querida o querido. Tuya por cómo te tomas las cosas que te pasan.

“La tristeza y la felicidad no dependen tanto de lo que nos ocurre, sino de cómo lo encajamos”.

Si ves que el autobús siempre tarda en llegar a la parada, ¡sal un poco antes de casa! ¿Qué complicado, verdad? jaja. Es mucho más fácil echarles la culpa a los demás de que las cosas no salgan como queremos.

Espero que esta reflexión te sirva (y esto también me lo aplico a mí) para no volver a poner en práctica este arte que tenemos todos para amargarnos la vida con tonterías.

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